La adulancia y la hipocresía escrito por Gino González.

Mande Patroncito

En mi pueblo cierta vez a un ministro le hicieron una fiesta en una finca con el propósito de “enamorarlo” para que “aflojara el dinero” a través de créditos millonarios. El hombre estaba rodeado por los ricos que lo alababan.

Un amigo conuquero que estaba allí, observaba en silencio y al rato se acerco retador y gritó mientras empujaba hacia atrás al grupo de aduladores con el brazo izquierdo: “¡Apártense que ahora vengo yo! Y realizando cómicas inclinaciones reverenciales al estilo de esclavos ante el rey, se plantó ante el ministro y le dijo con sarcasmo ofreciéndole un plato de carne asada: “Mire, señor ministro, estos son unos “amateurs” en eso, aquí el profesional “jalando bola” soy yo, ahora si va a saber usted cómo es que se “jala bola” de verdad, apruebe esta carne que escogí especialmente para usted y ya le voy a limpiá los zapatos”.

La adulancia ha sido y es un recurso usado en la guerra política. Podría decirse que es un arte. Hay verdaderos especialistas en eso. Se valen de las mismas técnicas de la sugestión mediática, pero en lo individual. Se desglosa el perfil psicológico de la victima mediante un estudio minucioso de su personalidad. Cuáles son sus gustos y aversiones. Sus nostalgias, sus canciones preferidas, el tipo de mujer y de wisqui que prefiere si es hombre; el vino, las flores y el perfume, si es mujer…Los ejemplos sobran.

No es extraño tomando en cuenta las históricas desigualdades de clase en las que hemos vivido. Lo terrible es que revolucionarios caigan en esa trampa al ostentar el poder. Sujetos arrastrados por sus complejos de clase que ya no quieren andar sino en paltó o beber y comer en lujosos restaurantes. Esos son los que se dirigen al superior llamándolo “jefe” o “patrón” y maltratan a sus subalternos. Eso sí, todos se autodenominan revolucionarios. “Hay camaradas que creen que porque uno sea socialista no puede tener una hummer o un yate”, dijo una vez un gobernador chavista traidor, el cual se dedicó a robar, luego saltó la talanquera.

Más terrible aun es que nosotros como pueblo valoremos a la gente por su dinero, la forma de vestir, el corte de cabello o el título profesional.

El capitalismo nos ha conducido a juzgar a los demás a partir de atributos o posturas sociales. He conocido verdaderos estúpidos que pasan por notables debido al dinero, la profesión, la ropa o el carro. Desnudos no valen nada. El asunto es que lo saben, consciente o inconscientemente, por lo que el “éxito”, la acumulación es vital en sus vidas. Propiedades, rangos, diplomas, trofeos, aplausos…Su aceptación social depende de lo que ostenten. Pero, al revés, quien los enaltece, también lo hace por eso, porque admira su posición y desea ser como ellos. Son las aberraciones a superar en una revolución.

Domesticablemente hemos confundido el castigo con la caricia y el desprecio nos ha aproximado al despreciable, pues, quien recibe migajas, a menudo, las guarda para a su vez retribuirlas aun más descuartizadas.

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