A 47 años de la muerte heroica de Félix Faría (Claudio). Escrito por: Humberto Vargas Medina

HOY 25 DE AGOSTO  SE CUMPLEN 47 AÑOS DEL ASESINATO POR PARTE DE LA DIGEPOL DEL COMBATIENTE REVOLUCIONARIO FÉLIX FARÍA  (CLAUDIO) . VAYA EN SU HONOR Y  EN  SU GLORIA ESTA RESEÑA DEL LIBRO “REMEMBRANZAS”

Remembranzas

 La muerte de Claudio

 

Acostado aprovechando el movimiento pendular de la hamaca revisaba las cartas ya viejas de la familia que releía una y otra vez cada vez que las circunstancias lo permitían. Y es que la sensibilidad está presente en cada uno de nosotros potenciada por la lucha que libra­mos, por que amamos al pueblo, por los peligros que corremos, por las dificultades por las cuales pasamos, por la entrega total que ejercemos de verdad incluyendo la vida, por la lejanía de nuestros seres queridos. Y en cada instante que uno puede desempolva las cartas y las fotos que adquieren un valor inestimable, y se transporta a los sitios donde están los amores, todos los amores, y la mente se va a los recuerdos, a las vivencias, a los sentimientos, y se disfruta para regresar de nuevo fortalecida a la realidad agradecido por la labor que realiza. Y el capitán Manuitt convirtiendo su cuchillo en lapicero, le escribía poemas o frases a su esposa en los árboles, como si fuese posible que la corteza de ese árbol se trasladara hasta ella para que viera expresadas sus palabras. Pero él las dejaba allí y se las mandaba desde allí.

Y yo miraba a mí alrededor y veía a algunos que dejaron esposas e hijos por estar en ese esfuerzo, en esa lucha por lo que se cree, por los ideales que nos nutren que son los que hacen que se siga adelante.

Mi mirada volteó hacia el camino y por allí venía Miranda directo hacía mí. Estábamos en una fila amplia y explanada. A lo lejos, desde la altura en que acampamos, se veían otras montañas, y más allá los llanos de Barinas, paisaje que me recreaba y que disfrutaba con placer. Una brisa suave refrescaba un poco del calor.

El paso de Miranda era lento y seguro sin quitarme la mirada, preocupado. Él era de los jefes de la guerrilla, hombre de mucha labia, estudioso y de buen discurso, amigo de mis hermanos, lo que hacía entre él y yo un vínculo más estrecho. A veces conversaba con él que cargaba el morral lleno de libros. Para mí que era un muchacho, las cotorras que compartíamos me dejaban alguna enseñanza. Algo aprendía.

Cuando ya tenía cerca a aquel flaco, fuerte, alto, de barba y pelo castaño, con sus bigotes mas entorchados que de costumbre, lo noté desencajado, pálido, huesudo, imponente, con un tamañote que parecía que iba creciendo en la medida en que se me acercaba más. Sus ojos a punto de soltar el llanto se habían enrojecido. Se apreciaba el esfuerzo que hacía para no llorar. Su voz no quería salir de su garganta a punto de estallar, tragaba saliva y tosía con leves ronquidos para poder soltar las palabras, hasta que ya, junto a mí, pudo hablar y decirme no sin un gran esfuerzo:

—     ¡Mataron a Claudio!

Aquello me impactó como una bomba. No hallaba qué decir y ahora el mudo era yo. El silencio recorrió todo el caserío. El cielo se puso oscuro porque el sol ocultó su rostro para no presenciar la escena y la lluvia contuvo el llanto y no pudo soltar las lágrimas. Se volvió a paralizar la brisa y desaparecieron los ruidos. El día bonito se puso triste y el calor arreció aunque todos estábamos fríos.

Era su hermano… pero también conocido y querido por todos. Claudio fue comandante de esta guerrilla. La última vez que lo vi fue en el campamento de El Barrial cuando asistió a una reunión de la comandancia del Frente.

No hubo palabras durante un rato, hasta que rompí el mutismo. No quería aceptar lo que oía. Con la esperanza de que la información fuera falsa, le dije:

—Hay que esperar nuevas noticias. Puede ser una confusión…

—No, Enrique, todo es cierto, ya dieron el nombre por la radio y esa era la cédula que cargaba. No hay duda, era él, ya lo identificaron…vista de encima. Su mirada era penetrante y directa. Lo notaba extraño,  Cuánta tristeza había en aquel hombre. No pronunció más palabras, me tomó por un brazo, me apretó, dio media vuelta y lo vi alejarse, iba lento y pensativo. Llegó a su hamaca, recostó su FAL a un tronco y se sumergió en ella, se tapó el rostro con un paño y no quiso hablar con nadie. Todos respetamos su decisión y nadie se le acercó.

Mientras tanto, todos nos manteníamos atentos a las noticias. Una rueda, como si fuera una asamblea de combatientes circundaba al único radio que teníamos. Al sonido de la fanfarria con un extra saltábamos rápido a pegarle la oreja a aquél diminuto aparato transmisor.

—Muerto jefe guerrillero y capturado guerrillero cubano.

Repetían los extras insistentemente.

Claudio era un hombre de despertar temprano acostumbrado al trabajo revolucionario las veinticuatro horas. Como todos los días antes de las siete de la mañana bajó de su apartamento en el edificio Perito en Chacao a comprar el periódico. Era un día como cualquiera, con poco tráfico por las vacaciones escolares. Con su sonrisa de siempre se despidió de su esposa, le dio un beso y acarició al niño, su hijo. Siete meses tenía el pequeño Claudio. Chocó las manos con Manolin y le dijo que regresaba a buscarlo a mediodía. Bajó por el ascensor y se dispuso a salir del edificio sin imaginar lo que le esperaba.

Abajo, con la información completa y preparados para la desigual batalla, funcionarios de la DIGEPOl con sus armas dispuestas al asesinato, lo esperaban como cazadores velando la presa.

Un hombre de tez blanca, pálida su cara sin glóbulos rojos, ojos desorbitados, arrinconado en su ruindad como mensajero de la muerte, se disponía a entregarlo. Su mano derecha inquieta, sudorosa como su frente, con el dedo erecto dispuesto a señalarlo recibía órdenes de su cobardía.

Qué fácil para un cobarde llevar a la muerte a quien hasta ayer fue su camarada y con quien compartió momentos que le ganaron su confianza…

Milko no iba a dejarse matar ni torturar, lo diría todo y entregaría hasta su madre, si era preciso. Así lo había pensado más de una vez.

—No, qué va, no me voy a dejar matar, lo digo todo y que muera quien muera.

Ese era su calculado plan si caía preso.

Cuando llegó a la DIGEPOl pidió una máquina de escribir y tecleo su propia confesión sin que lo tocaran y allí empezó su trabajo de destrucción del aparato armado de las FALN que dirigía.

En la calle la comisión policial comandada por uno de esos hombres que tienen como oficio el asesinato y la tortura al que llamaban irónicamente el Niño Jesús estaba lista para cumplir el mandado y añadir una nueva víctima a su siniestro currículo.

Claudio salió del edificio. Milko, traidor, regordete, calvo y cati­re, jefe en mala hora del movimiento armado urbano, colocado en ese cargo por esos errores de la vida, de los que cuestan caro, de los que duelen, porque según era un experimentado explosivista que dirigió el atentado a Betancourt. Ese era su mérito, su supuesto y único mérito. “Mérito” que bastó para que lo colocaran en cargo de tal responsabilidad. No se indagó sobre sus condiciones y si había tenido pasado de militancia revolucionaria. No la tenía, su accionar estaba en la derecha anticomunista ligada al perezjimenismo. Era capaz de meterse en cualquier aventura sin importar a quién servía, tan igual como los aventureros que lo colocaron allí. Hay varias versiones de cómo llegó relacionarse con la guerrilla. Una es que se hizo amigo de los Petkoff en Europa y esto le permitió la entrada. Lo cierto es que logró colarse.

Lo recuerdo en la Conferencia Nacional Guerrillera de diciembre del 66. Su aspecto de hombre millonario, de esos que practican golf y andan con el que les carga los palos; con su ropa fina tratando de no ensuciarla de barro; sus botas a media pierna de las que se usan para montar caballo. En las noches había que llevarle una taza de leche caliente a su hamaca para el tratamiento de su úlcera… Recuerdo esos momentos con arrechera en las veces que me tocó guardia de cocina y tuve que llevar a aquel repelente especímen de modales finos que no se parecía en nada al resto de los que estába­mos allí, la lechita caliente.

El delator lo esperaba para hacer su trabajo. Lo vio venir. Clau­dio le tenía confianza, por eso sabía la dirección de su casa.

La cobardía y la traición no lo dejaban dar marcha atrás. Tenía miedo, estaba aterrorizado. Su mano temblaba, la levantó tembloroso, se apresuró y poniendo el dedo en la dirección en que venía Claudio confiado y tranquilo, lo señaló.

—     ¡Ese es!

No hubo voz de alto. La orden era de no agarrarlo vivo. Varias ráfagas salieron de los cañones de sus asesinos y Claudio cayó.

La gente, los transeúntes que pasaban por allí corrían en todas las direcciones para ponerse a resguardo en un sálvese quien pueda.

Los policías corrieron a buscar su trofeo y se acercaron a aquél hombre mal herido. Claudio sangraba tirado en la acera cerca del kiosco al cual no pudo llegar como todos los días para comprar el periódico.

No podía hacer nada, sus fuerzas no le daban, su cuerpo impactado no lo permitía. Pero pudo mirarlos y los miró con odio y supo que lo habían matado.

Desde la patrulla el delator Adolfo Meinhart Lares (Milko) celebraba su cobardía viendo las caras de los verdugos como buscando reconocimiento a su hazaña.

El cuerpo de Félix Farías era un colador perforado por la balas. La señora que vendía los periódicos impresionada por lo que veía no le quitaba la vista a aquel cuerpo ensangrentado tirado en el suelo, lo observaba con dolor y recordó el saludo de cada mañana. Todavía vivía, sus ojos se lo dijeron. Los policías llegaron hasta él con las armas todavía humeantes. Lo recogieron, lo montaron en una patrulla pero… no para llevarlo a un hospital, para salvarlo. No, no era para eso, lo tiraron en el piso del carro y arrancaron picando cauchos y tocando sirenas huyendo de la escena y dejando un charco de sangre.

—     ¡Déjenlo que se desangre!

—     ¡Hay que matarlo!—, dijo el Niño Jesús.

Y dejaron que se desangrara extinguiendo la vida de un valiente combatiente revolucionario.

— ¡Asesinos!—. Tenía veintiocho años.

Veinticinco de agosto de 1967, siete de la mañana.

Otros policías subían el edificio, allanaban el apartamento y detenían al capitán del ejército cubano Manuel Espinoza Díaz (Manolin).

Manolin se asomó el balcón al oír los tiros y los gritos y observó a la gente corriendo de un lado a otro y se dio cuenta de lo que había pasado. Vio el FAL que Félix tenía en la casa y lo tomó, lo manoseó mientras por su mente como una rápida película pasaron tantas cosas. La compañera de Claudio nerviosa caminada de un lado a otro sin saber qué hacer, estaba desencajada, no hablaba. El niño dormía en su cuna sin darse cuenta de lo que pasaba.

—     ¡Vienen por nosotros!

Comentó Manolin al presumir el allanamiento inevitable.

Acariciando el FAL estuvo dispuesto a enfrentarlos, pero… ¿y el niño y su mamá? ¿Qué va a ser de ellos? Si los enfrento los matan. Su mente pensaba rápidamente. Sabía de las consecuencias posteriores. Pensó en Cuba, en la revolución, en sus compañeros. Cabizbajo se dirigió a la habitación donde dormía, colocó el FAL debajo de la cama y se quedó esperando. No había posibilidad de fuga, no podía salir del apartamento. El edificio estaba tomado por todas partes, no había escapatoria.

La policía entró violentamente y lo sometieron. Registraban todo. Lo esposaron y lo sacaron a empujones. Él era un trofeo. Para el gobierno no era recomendable matarlo, era mejor exhibirlo vivo. Pero Cuando bajó esposado y rodeado de policías que lo empujaban, observó el charco de sangre. Ya el cuerpo de Félix no estaba allí, lo desangraban dando vueltas por Caracas en la patrulla hasta su muerte. Volteó hacia un lado y vio a Milko, el traidor, que no pudo resistir la mirada y trató de esquivarla. Manolin le clavó los ojos con arrechera.

—Tendrás que pagar por esto ¡cobarde!—. Le dijo sin quitarle la vista de encima mientras lo metían en la patrulla.

En la noche el capitán del ejército cubano Manuel Espinoza Díaz era presentado en la televisión. El gobierno trataba de demostrar lo que para ellos era una intromisión del Estado cubano en los asuntos internos de Venezuela, mientras que para otros era un vivo ejemplo de solidaridad internacional del hermano pueblo de Cuba.

No contento con lo que había hecho, el traidor continuaba su labor de cacería de revolucionarios y llevó a la policía hasta Petare.

Las malas noticias nos seguían llegando a través de la radio. En la tarde nos anunciaban la muerte de otros dos revolucionarios. La tristeza cundió aún más por cada rincón del campamento. Esta vez eran Plutarco y el Loco Fabricio. Hasta hace poco el Loco se encontraba con nosotros y bajó a reforzar las unidades urbanas.

Humberto Vargas Medina

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