Honor y Gloria a Luis Fernando Vera Betancourt y a Fabricio Aristigueta (el Loco) Asesinados por la Digepol un día como hoy hace 47 años

 Igual que Felix Farías, Luis Fernando Vera Betancourt (Plutarco) y Eleazar Fabricio Aristigueta (el “loco”)  se hicieron inmortales entregando su vida en la lucha por la Liberación Nacional y el Socialismo luego de ser cercados en una lucha desigual donde fueron asesinados por los esbirros de la DIGEPOL hace 47 años durante los gobiernos de AD y COPEI. Vaya en esta ocasión el capítulo que en su honor está escrito en el libro “Remembranzas… de un guerrillero de los años sesenta” 

Honor y Gloria a nuestros heroicos combatientes revolucionarios Plutarco y Fabricio

Remembranzas

 

La muerte de Plutarco y el Loco Fabricio

El mismo traidor, el mismo delator cobraba la vida de otros dos jóvenes revolucionarios…

Plutarco y el Loco Fabricio

El carro se desplazaba por la carretera vieja de la Guaira hacia Caracas.

—No nos vayamos por la autopista, mejor nos vamos por la carretera vieja.

El carro manejado por Plutarco acompañado de su hermano Ró­mulo y del flaco Yusov se dirigía a la capital. Luego de una de las tantas curvas de la carretera, sorpresiva y estratégicamente colocada una alcabala de la DIGEPOl obstruía la vía. El carro entró en aquel nido de policías que les ordenó pararse a un lado. No les dio tiem­po de retroceder. Cuando se dieron cuenta la tenían encima. A la derecha se veía la autopista con el paso veloz de los automóviles se arrepintieron de haber escogido ese camino.

—     ¡Nos jodimos!—. Dijeron al unísono.

Sus rostros se tornaron serios y el puso se les aceleró. Los bajaron y los requisaron mientras otros funcionarios registraban el carro. El sitio donde tenían escondidas las armas no aguantó y las encontraron. La policía celebraba. Un policía maracucho decía sorprendido:

— Vergación primo, qué molleja de armamento tienen estos aquí.

Al siguiente día las noticias en la prensa señalaban la captura de un comandante guerrillero y el desmantelamiento de una célula guerrillera urbana.

Las torturas en la sede policial en el edificio las Brisas en los Cha­guaramos no se hicieron esperar. Empezaba la rumba. Golpes por aquí, golpes por allá, electricidad por aquí y por allá. Plutarco y Ró­mulo desde su impotencia desafiaban el tormento. El flaco Yusov (La­rry Espinoza) que en esa caída no pudieron doblegarlo, más adelante en una nueva detención se desmoronaba, no aguantó las torturas y comenzó a colaborar con sus enemigos en algunas cositas creyendo que no lo golpearían más, pero en la medida que fue cediendo las exigencias fueron mayores hasta que lo convirtieron no sólo en delator sino en funcionario policial del SIFA. Rómulo fue a dar a la Isla de Tacarigua, la Cár­cel Modelo y el Cuartel San Carlos donde estuvo varios años preso.

Plutarco no dejaba de proponerse la fuga y sólo pensaba en cómo irse. El edificio las Brisas, que era la sede de la DIGEPOl lo seguía albergando.

En la mañana lo sacaban al baño. Estaba maltrecho y caminaba con dificultad. Por presión de su familia en instancias gubernamentales le habían permitido visita.

Su compañera que estaba preparada para la fuga le llevó una muda de ropa, unos bigotes postizos y unos lentes. En muchas oportunidades lo habían conversado.

—Si llego a caer preso procúrame las condiciones para fugarme.

Parte del mandado estaba hecho.

En la mañana lo sacaron al baño. Plutarco se había colocado una ropa sobre la otra. El policía se quedó afuera esperando que saliera. Plutarco se cambió la ropa y dejó la que tenía puesta en la poceta como si estuviera en ella. Logró cogerle el tiempo al policía que lo custodiaba y camuflado con sus bigotes y sus lentes le pasó por un lado a los que estaban en la puerta del cuartel policial logrando salir a la calle. Tomó un taxi que lo llevó a Vista Alegre a la casa de mi mamá.

Mi mamá le abrió y sorprendida exclamó:

—     ¡Qué haces aquí muchacho!

Y lo vio maltrecho, casi no podía caminar por el dolor en los testículos inflamados. Lo dejó entrar y lo sentó en el sofá de la sala. Le quitó la cami­sa y las huellas de las quemaduras de cigarrillos se expresaban en ampollas. Los morados como tatuajes señalaban el recorrido de los golpes. Lo habían torturado salvajemente.

Plutarco la miró y le dijo:

—     ¿Cómo está señora Vargas?

—     Quédate tranquilo hijo, que te voy a curar—, le contestó mi madre.

Mi mamá lo quería mucho. En oportunidades frecuentaba la casa y conversaba con ella. Era un hijo más para la vieja, como todos los revolucionarios que pasaban por allá. Mi casa se había convertido en centro de aquella juventud que apostó a la lucha armada para la toma del poder.

Y curó sus heridas con ese amor que las madres saben dar…

La mañana había amanecido normal en aquella pequeña casa en el barrio Maca de Petare. Un extraño visitante tocó la puerta de la casa. Josefina que acompañaba al loco y a Plutarco se dirigió a ver quién era. El hombre dijo ser obrero de la electricidad que iba a revisar el medidor. Hizo que los revisaba, dio la media vuelta y se fue. Aquella visita les pareció extraña. Mientras tanto la radio anunciaba la muerte de Claudio. Pero ellos no tenían radio y no se enteraron de los acontecimientos, que, de haberse enterado tal vez hubiesen podido salvarse. Sin embargo, aquella inesperada y extraña visita a media mañana de aquel supuesto obrero de la electricidad los puso sobre aviso y les dijo que tenían que salir rápido de allí, pero tampoco tenían carro y las circunstancias de búsqueda por parte de la policía con sus rostros frecuentemente en los periódicos no hacía prudente salir a pie.

Y Josefina salió de la casa rápido a buscar a Careguante, mi hermano Juancito, no se podía perder ni un segundo, la vida de sus camaradas dependía de ella. Era la esperanza y lo sabía. Quería re­cortar el tiempo y el espacio y correr y volar y salir de aquel barrio donde las vías de comunicación no eran fáciles para tomar un taxi y traer a Juancito. Seguro que lo encontraría y se conseguiría el carro y mañana celebrarían haber superado ese momento tan difícil.

—Que traiga un carro pa´ que nos saque—, le dijo Plutarco.

Estas palabras estaban allí en su mente como una cinta que se repetía una y otra vez

Plutarco y Fabricio, tensos y con los nervios de punta, recorrían la pequeña casa de un lado a otro. El tiempo parecía eterno y paralizado. Todo era silencio.

—     ¡Hay que esperar! ¡Hay que esperar! Josefina va a venir con Careguante y nos iremos de aquí.

Josefina continuaba su camino con paso rápido, acelerado. Y entonces… Oyó los tiros, ráfagas y más ráfagas que procedían de allá donde estaban los muchachos.

Más de cuarenta policías “valientemente” se enfrentaban a dos hombres cercados dentro de una casa.

Las ventanas y las paredes de aquella diminuta vivienda parecían un colador. Y no les daban cuartel. Los tiros entraban por todos lados.

Plutarco y Fabricio resistían en aquella desigual batalla.

La sangre empezó a derramarse y Plutarco herido, tratando de buscar desesperadamente una posibilidad de vida, se trasladó hasta el baño y allí escribió con su propia sangre:

—     ¡Estoy rendido y herido!

Pero aquellos asesinos entrenados para matar y torturar no en­tendían nada de rendición, los querían muertos y lo remataron.

Fabricio era asesinado en el patio de la casa tratando desespera­damente de saltar la pared de atrás.

Plutarco y Fabricio  tenían 24 años. Y Josefina aceleró más el paso y seguía oyendo la balacera hasta que dejó de oírla. Tomó un taxi y se fue con la mirada ida y la tristeza adentro.

Era la tarde de aquel fatídico 25 de agosto de 1967.

Milko observaba el espectáculo desde las galerías y buscaba afa­nosamente la aprobación de los verdugos que lo veían con desprecio. Por dentro de sí, de aquella masa humana que apestaba, se reconocía como una piltrafa, que no sólo había entregado a estos revolucionarios sino que días antes lo había hecho con Michinaux, el camarada César al que la Digepol le dio muerte en Chacaíto.

Milko fue llevado al Cuartel San Carlos al igual que a los demás camaradas que había entregado. Manolin lo vio y recordó toda la traición. El hombre quería pasar como si nada, como quien no ha quebrado un plato. No miraba de frente, no mantenía la vista. Ahí       estaba confundido entre los presos. Manolin no podía permitir aquella farsa, ese hombre no podía estar allí entre los presos revolucionarios después de haber ocasionado tanto daño, después de haber cobrado vidas. No, no podía ser, y no aguantó y agarró una plancha y se la pegó por la cabeza. Lo tomó por el cuello y lo empezó a ahorcar.

—     ¡Muérete piltrafa! ¡Traidor!

Y los demás compañeros intervinieron y Milko se salvó…

Nery Carrillo decía que a esos hombres no había que dejarlos morir de muerte natural. Tenían que ser ajusticiados, aunque fuese un segundo antes de que llegara la muerte natural.

Milko fue trasladado a otro sector y más tarde liberado. Viajó a Europa y no supimos más de él.

En octubre todavía nos encontrábamos por los lados de Portuguesa, la radio anunciaba la caída del Che. Era la noticia más importante. Recuerdo a Luben y otros guerrilleros conversando sobre el hecho. Unos lo creían, otros decían que era una nueva treta de los gobiernos boliviano y norteamericano. Coincidíamos que de ser cierto era un duro golpe para la lucha armada en América Latina y condenábamos la actitud del Partido Comunista de Bolivia, muy parecida a la que mantenía el PCV. Las noticias siguieron llegando y ya no hubo dudas ¡Asesinaron al Che! Y otro silencio y otro dolor inundaron a nuestro grupo guerrillero.

Comenzamos a ver de nuevo el movimiento militar y la presencia de aviones que hacían bombardeos esporádicos. Eso indicaba que se iniciaba una nueva ofensiva militar contra nosotros.

Nos acercamos a nuestra base social y nos enteramos que Víctor Vega un portugués, militante de las unidades urbanas de Caracas que se había incorporado desde el campamento de el Barrial y bajó de nuevo a la ciudad, había caído preso y el ejército lo utilizaba para golpear nuestra base social. Campesinos amigos estaban siendo             detenidos y, por supuesto, recibían todo el tormento que los cuerpos represivos sabían dar.

Este hecho complicaba más nuestra situación, el bastimento se nos había terminado, la ropa pidiendo relevo, las botas rotas, no podíamos acercarnos a nuestra gente amiga, el Camarita no regresó y separado de nosotros reagrupaba a algunos guerrilleros en los llanos. El contacto con Caracas estaba perdido y empezaban a manifestarse sutilmente síntomas de descontento.

Francisco Ojeda Negretti, hermano de Fedor y Baltazar se fue a los llanos a unirse nuevamente a esa guerrilla de donde provenía cuando se incorporó a la columna Argimiro Gabaldón. Lo detuvieron en una alcabala de la policía y el ejército, lo fusilaron y su cadáver nunca apareció, pasando a engrosar la larga lista de desaparecidos.

“Gracias a la vida por permitirme vivir la lucha revolucionaria de los años 60 y en tiempo de Hugo Chávez”.

HVM                                        

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